Diario de un oportunista
Diario de un fabulae que narra cómo pasó toda su vida trabajando duro y viviendo con frugalidad para ahorrar un millón de imaginedas.

Diario de un oportunista

Llegué a Bidimensia la semana pasada. Para un joven como yo, sin estudios universitarios, encontrar trabajo no es nada fácil. Pero soy fuerte, así que el supervisor me recomendó ir al puerto a trabajar como cargador. Menos mal que la mano de obra sale más barata que los transportadores automáticos, porque si no, ni siquiera habría conseguido este empleo. Sea como sea, tener un trabajo estable a los dieciocho años me hace sentir muy afortunado.
Año 1965

Aprovechando las ventajas de trabajar en el puerto, transporté un lote de materiales de pintura para el Sindicato Imagiunidos y gané una buena suma de dinero. Que un chico honrado haga negocios con el Sindicato Imagiunidos no suena muy bien. Pero, ja, ja, vamos, las imaginedas son imaginedas. Con este dinero por fin podré alquilar un local en el Callejón Ñam Ñam,
Año 1969

Guisos del Casco Antiguo cerró ayer. En estos últimos años, las cadenas de restaurantes se han multiplicado por toda Bidimensia, mientras que cada vez quedan menos caras conocidas. Las relaciones humanas de toda la vida no pueden competir contra la gigantesca maquinaria del capital. Debí haber traspasado el local mucho antes. Ahora cargo con una deuda enorme. Pero no pasa nada, solo tengo treinta años. En el peor de los casos, siempre puedo volver al puerto.
Año 1977

Tras diez años conduciendo un taxi, pensaba que mi vida sería así para siempre. Pero quién lo hubiera dicho, las monedas que compré por impulso el año pasado se dispararon. ¡El valor de la Gatolocoin se multiplicó por 5, el de la Bellecoin por 40, el de la RealAsdanacoin por 754, y el de la Nombreinventadocoin por 30 000! Todas las monedas no son más que una burbuja especulativa, un juego de traspaso de riesgo entre participantes. No voy a esperar a que sigan subiendo, voy a venderlas todas ahora mismo. Solo queda una pregunta: ahora que he ganado tanto dinero, ¿qué debería hacer con mi vida?
Año 1987

En primer lugar, quisiera agradecer a Famke, el director de la película «Un hombre llamado Trey Quattro decide morir», por confiar en mí. Habiendo comenzado en el mundo del cine ya pasados los cuarenta, recibí muchísima ayuda y orientación por su parte. Sinceramente, el premio a Mejor Actor me tomó completamente por sorpresa. Pero, como transmite la propia película, nunca hay que poner límites a la vida. Hace veintitrés años llegué a Bidimensia sin nada. He trabajado como peón, en restaurantes y como taxista. Y ahora, a mi edad, me encuentro por primera vez subiendo a un escenario para recibir un premio. Quiero decirles a todos que nunca es demasiado tarde para empezar de nuevo.
(P. D.: Mañana, al subir al escenario a recoger el premio, tengo que leer el guion del director).
Año 1988

Es un poco irónico. No tuve ningún problema cuando hacía negocios con el Sindicato Imagiunidos, ni tampoco cuando especulaba con monedas. Pero resulta que ahora que me lanzo al mundo del espectáculo, el Buró de Seguridad me busca por una optimización fiscal creativa. En fin, llegado a este punto... será mejor que desaparezca por ahora.
Año 1992

Con mi reputación arruinada por el escándalo de fraude fiscal, tengo que olvidarme de seguir actuando en películas. Pero no importa. En el fondo nunca fui un actor de verdad, solo fue un capricho pasajero tras hacerme rico de repente. En los últimos años, invertí los ingresos de mis películas y contratos publicitarios en dieciséis grandes hoteles, siete casinos y nueve estudios de cine. ¡He dejado el mundo del espectáculo! Pero la industria cinematográfica de Planarcadia... siempre será mía.
Año 1996

¡Se acabó, todo se acabó! ¡Ha llegado el Devastador! ¡Planarcadia está destruida! ¡Mis hoteles, mis empresas, las imaginedas que ahorré con tanto esfuerzo toda mi vida! Ay... cada vez que mi vida empieza a mejorar, vuelvo a tocar fondo. Una y otra vez, y otra, y otra. Parece como si el Señor de las Risas hubiera enviado al Devastador solo para impedirme tener una vida tranquila. Ahora tengo cincuenta años, el ocaso de mi vida se acerca y no tengo nada en los bolsillos. Es como si toda esta media vida de altibajos no fuera más que un chiste sin gracia.
Año 1999

Empecé a vender estofado en la estación Perdido. Llevaba décadas sin cocinar y las condiciones eran pésimas, así que el resultado fue un desastre absoluto. Pero esos supervivientes estaban tan hambrientos que habían perdido la cabeza, y todos sin excepción me dijeron que estaba delicioso. Uf, qué gente sin paladar. En fin, conseguí rascar algo de dinero otra vez. Al menos ya no estoy en la ruina total. Así que... Señor de las Risas, ¿cómo piensas derribarme esta vez? Estoy impaciente.
Año 1999