Guía de escape de los Eones
Una antigua colección de historias que circula entre los Bufones y relata las insólitas hazañas de las generaciones pasadas de Bufones Enmascarados, quienes hicieron hasta lo imposible para ofender a los Eones.

Guía de escape de los Eones

*Un libro firmado por Espantapájaros que reúne las ofensas de los Bufones Enmascarados contra los Eones. Lo consideran el rito de iniciación en la carrera de un Bufón, lanzándose de cabeza uno tras otro, sin cansarse nunca de la adrenalina*.

Facturado por segundos, excursión de un día al mundo del Ámbar
Usando el iris de un tonto desafortunado, el Bufón conocido como el Cambiaformas subió a un transbordador en el puerto espacial de Pier Point vestido con un traje impecable. Saludó con una sonrisa a los pasajeros: magnates de inmensas fortunas, monarcas de los anillos galácticos o directores de fundaciones que lo controlan todo. Todos ellos habían gastado sus ahorros en un viaje de peregrinación con un único propósito: ver al Señor del Ámbar.
El transbordador atravesó el disco de escombros para acercarse a la gigantesca figura del Señor del Ámbar. Ya estaba allí antes de que naciera la vida inteligente y tal vez siga igual cuando todo se acabe. Al acariciar las marcas que el tiempo dejó en la Barrera Cristalina Subespacial, algunos rezaban en silencio y otros lloraban bajito, pero el Señor del Ámbar no dijo nada.
¿A quién le importa una mota de polvo en el espacio infinito? El Bufón grabó "Yo estuve aquí" en la barrera de cristal y se marchó sin mirar atrás.


Sueños rotos del Antiguo Imperio del abismo, un viaje a las fauces de la Voracidad
Se dice que Oroboros, el Leviatán que sobrevivió a las Guerras del Crepúsculo, persiguió a Aha hasta las raíces del Árbol Imaginario. El Bufón Aunno quiso comprobar si la historia era cierta, pero no fue tan rápido como Aha. La Voracidad lo alcanzó y lo tragó de un bocado.
Nadie imaginaba que el vientre de la Voracidad ocultaba un mundo tan asombroso.
Al ser una criatura tan inmensa, los seres que había devorado antes construyeron sus propios reinos en las paredes de su estómago: enanos del tamaño de un pulgar, caballos de gran ingenio, cigarras cometa que hablaban... Aunno deambuló por allí y se cruzó con otros Bufones que habían corrido su misma suerte: Dorothy, Bragi y el Pastor. Juntos vivieron mil aventuras hasta que encontraron el corazón de la Voracidad y le dieron una patada tan fuerte que, tras una arcada, los escupió de vuelta al universo.
Aunno se apresuró a arrancar la sombra de la Voracidad para cubrir a los Bufones con ella como si fuera una manta. Mientras tanto, el Pastor lanzó un cometa cuya luz atrajo al distraído Oroboros, lo que permitió que todos escaparan por los pelos.
Desde entonces, muchos Bufones han buscado los tesoros ocultos en el vientre de la Voracidad, pero nadie ha vuelto a verla jamás.


"¡Todos somos Idrila!"
Tras la desaparición del Eón de la Belleza, el Bufón Davin lanzó una proclama en la taberna que le ganó una horda de seguidores en un abrir y cerrar de ojos. Al grito de "¡Todos somos Idrila!", desataron una tormenta artística y se lanzaron a explorar los límites de la Vía de la Belleza con un frenesí imparable.
Por ejemplo, pegaban plátanos sobre piezas de Ágata con cinta aislante o hacían pintadas en cualquier objeto cotidiano asegurando que era una obra de arte magistral. Por culpa de esto, incluso tuvieron que sacar tiempo para pelear en los tribunales contra la Corporación por temas de derechos de autor. Siguieron así hasta que usaron basura espacial para dibujar el rostro de Idrila sobre la superficie de un planeta entero, momento en el que los Caballeros de la Belleza al fin los atraparon a todos.
Sin embargo, tras un juicio de siete días y siete noches, la mesa redonda formada temporalmente por los Caballeros de la Belleza decidió finalmente liberar a los Bufones. Para castigarlos, debían admitir que esas obras realmente representaban a Idrila.


Epílogo: Decirle que no a Aha
Al llegar a este punto, no tengo más remedio que contar mi propia historia.
La noche antes de terminar el texto, un visitante entró en la taberna con aire distraído, se sentó a mi lado y pidió una copa de Primera bomba para cada uno. No dijo cómo se llamaba, pero yo ya sabía de quién se trataba.
Me dijo: "Amigo, oí que estás escribiendo un librito. Lo leí y es muy interesante, aunque hay algunos puntos que son discutibles...".
Lo escuché con paciencia hasta que terminó de hablar y rechacé todas las modificaciones que pretendía hacer.
Se bebió la última gota de la copa de un trago y se marchó de la taberna. Su figura al alejarse se veía envuelta en una soledad absoluta.