Un alma desafortunada atrapada en una misteriosa habitación dejó unos versos tan extraños como optimistas.
Aire pausado: la habitación trasera
Yo, oriundo de un pueblo remoto y desolado, llegué en soledad a la ciudad de las mil estrellas para pasar a servir en la torre de las manecillas.
Al principio, mi única intención era sobrevivir por mis propios medios, pero quién iba a imaginar que mi camino estaría lleno de infortunios, pues entré en la habitación trasera y quedé allí encerrado.
Aquel lugar era un laberinto de pasillos entrelazados y muros superpuestos con luces tenues y puertas engañosas. Al mirar alrededor, reinaba un absoluto silencio y parecía no haber salida, lo que desataba el pánico y obligaba a buscar desesperadamente una vía de escape por doquier.
De pronto, una sombra se acercó con un farol y, al observarla de cerca, resultó ser un viejo amigo de la infancia.
Me tomó de la mano, suspiró y dijo que aquel lugar era en verdad un rincón apartado y primigenio del que todos ansían marcharse, ignorando que vagar por el mundo exterior solo les traerá desgracias, por lo que más valía permanecer juntos que deambular por pasillos interminables.
Al escuchar sus palabras, sentí que mi mente se despejaba y tuve una revelación repentina, por lo que compuse una pieza para la melodía "Aire pausado".
Dice el poema:
Pasillos y pasillos, muros sombríos, paredes, lámparas y puertas. Miro alrededor en la penumbra amarillenta sin salida, atrapado en mi soledad. Una mesa y varias sillas volcadas, ¿cómo escapar si me consume la ansiedad? De pronto surge una sombra, veo a quien se acerca y resulta ser una vieja amistad.
Oí de la paz en las mil estrellas y hasta aquí llegué tras un duro viaje, solo para ser un fantasma bajo la torre o uno más en la cadena de montaje. Volver es aún más penoso y, al no haber camino, ¿para qué correr en vano? Me quedaré a tu lado en un pequeño rincón, lejos del polvo mundano.