El agua del mar le cubre los tobillos y la espuma se rompe bajo la luz de la luna. En un raro descanso del rodaje, la joven acude a la playa tras ser invitada a una pequeña fiesta alrededor de una fogata.
La luz del fuego alarga las sombras de los niños, cuyas caritas reflejan confusión. "No sé cantar", "No canto bien", "No me atrevo a cantar"... Los niños la miran y dicen con timidez: "Señorita Robin, ¿qué hacemos?".
Ella sonríe levemente y roza las cuerdas con la punta de los dedos en lugar de responder.
"Vengan, síganme...".
La brisa marina ahoga el primer punteo de las cuerdas, pero al afinar una segunda vez, el sonido cobra forma. Con las olas rompiendo en la orilla y las luces parpadeando, ella abre los labios para entonar una suave canción, derramando el cielo despejado que lleva en su corazón.
"Cuando no sepan cómo cantar, escuchen la melodía de su propio corazón".
Al principio son solo notas sueltas, pero poco a poco cobra forma y vida. Ella canta y ellos cantan, hasta que los acaricia de paso la brisa veraniega.
"Escuchen, esta es la canción de nuestros corazones. Siempre ha estado ahí, a la espera de ser escuchada".
Ella la escucha y, con dulzura, formula un deseo:
"Levántense a cantar y, luego, abran las alas para volar".