En su interior se encuentra Aidonia de Amphoreus, donde los fieles de Tánatos erigieron monumentales estelas en las llanuras nevadas para venerar a la Doncella Sagrada que les trajo la bendición de la muerte.
Aidonia, la polis de la muerte cubierta de nieve, se alzó entre ventiscas y en ellas permaneció en silencio.
Durante la extensa Era Crisea, casi todos disfrutaban de la vida eterna en tierras cálidas. Pero algunos, hastiados del eterno ciclo de día y noche, decidieron buscar el destino final de la vida. "¿De dónde viene la vida? ¿Y hacia dónde va?", recitaba Eleusis, líder de los ascetas, mientras avanzaba hacia el norte con sus seguidores en busca de un dulce y frío sueño eterno. Los ascetas, envueltos en túnicas, se asentaron en las desoladas tierras del norte y fundaron una austera polis donde la nieve caía sin cesar, y la llamaron Aidonia.
Los registros del fin de la Era Crisea están incompletos. Se cree que el primer fallecido de Amphoreus provenía de Aidonia. Recibió la gracia de la muerte de Tánatos, lo que fue tanto una bendición compasiva como el más alto honor.
Los habitantes de Aidonia se acostumbraron al clima gélido extremo. La nieve, impregnada con la silenciosa fe en Tánatos, robaba el calor de la vida apenas tocaba el suelo. En tiempos remotos, los viajeros que entraban en los dominios de Aidonia solían encontrar cuerpos inertes que yacían junto al camino, regresados al abrazo de la Mano Sombría. El viento del norte aullaba mientras los difuntos se convertían en señales que advertían a los caminantes. Los viajeros se apresuraban a atravesar Aidonia mientras aún conservaban su aliento vital.
Tiempo después, los aidonios descubrieron estelas funerarias en las tierras baldías, donde alguien había ofrecido bendiciones por el flujo y la extinción de la vida.
Bajo una de las estelas dormía una joven desconocida, rodeada por un campo de muerte similar a una sombra que marchitaba incluso las osteoyerbas que respiraban el aliento de la muerte. Los aidonios sintieron en ella el toque misericordioso de Tánatos y la llevaron a la ciudad para venerarla como Doncella Sagrada. Los fieles del Titán de la Muerte siguieron su ejemplo y erigieron enormes estelas en las tierras baldías para marcar el fin de largos viajes y el retorno de vidas longevas. Tanto la vida como la muerte son senderos, y aquí solo hay piedras que marcan el camino.
Las estelas advertían a los viajeros que nadie se detenía allí, nadie dormía allí... Los fallecidos también son viajeros, son el viento del norte y la nieve, entrelazados en infinitas hebras.