En su interior se encuentra el Expreso Astral, que una vez cayó aquí. Un cielo estrellado silencioso, un motor frío y apagado, una expedición trazacaminos entrelazada con las llamas de la guerra.
Las llamas de la guerra descendieron sobre Ahatopía desde el vasto cielo.
Los Anónimos que trazaron caminos hasta aquí se detuvieron para tender la mano a un mundo al borde de la destrucción.
Frente a una interminable oleada de monstruos tras otra, el Expreso Astral encendió la esperanza de los habitantes de Ahatopía. Al alzar la mirada, la gente veía cómo el Expreso, semejante a un inmenso dragón serpenteante, se abría paso entre el fuego y las cenizas para protegerla.
Al final de esa marea de guerra, los Anónimos del Expreso se encontraron con quien estaba detrás de todo: el Señor de los Forasteros Diabólicos.
Aquella figura con cabeza de dado había aparecido de forma simultánea en todas partes, dejando un paisaje apocalíptico a su paso. La chica pelirroja a la que él había otorgado la sangre de la Destrucción se recluyó en un estudio de pintura para fabular una ola tras otra de la Legión.
Los Anónimos novatos murieron en trágicos accidentes y los Trazacaminos veteranos se sumieron en la desesperación... Entre las risas del Señor de los Forasteros Diabólicos y las lágrimas de los habitantes de Ahatopía, el Expreso Astral se precipitó hacia el suelo rugiendo como un meteoro.
La joven pelirroja salió de su morada en medio de un fuerte estruendo y vio que el Expreso sobre la tierra se había convertido en una torre infinita.
Los Anónimos supervivientes seguían luchando con valor, y al contemplar los monstruos que ella misma había dibujado, comprendió la ironía del destino... No, aunque solo pudiera dibujar empleando el poder de aquella cruel bestia, jamás volvería a alzar el pincel contra sus semejantes, sino que redibujaría este mundo devastado.
Cada vez que empuñaba el pincel para fabular, recordaba a aquellos Anónimos, sus sonrisas jóvenes e ingenuas, y sus siluetas que, a pesar del miedo, seguían avanzando con valentía...
"Ir hacia donde arde el fuego, ir hacia donde se escuchan llantos...".
Los ocho reverentes actuaron al unísono y ella reunió toda la Imagiesencia para sellar el mundo en un lienzo, consiguiendo así un tiempo de respiro para Ahatopía.
La prosperidad comenzó a bendecir esta tierra. La familia llamada Murata echó raíces y se expandió, pero el Expreso quedó varado en el cuadro, incapaz de volver a volar hacia el cosmos.
Mucho tiempo después, Ahatopía cambió drásticamente y la gente, embriagada en la arcadia, olvidó incluso el origen de Murata.
En este desolado mundo del cuadro, las olas rompían contra la costa, la marea avanzaba y su eco resonaba en la desierta noche estrellada.
Así fue, hasta que otra joven pelirroja encontró aquella torre infinita.